En el fondo del mar hay un lugar en el que los deseos se convierten en secretos y cuando no se satisfacen llegan a picar por falta de sol y exceso de sal. A ese lugar sólo aprenden a llegar algunos, los que están hechos de esa materia transparente similar a la piel de las medusas. Son seres bellos, aunque a veces el contacto con ellos es letal.
En el fondo del mar hay un lugar en que todos guardamos los tesoros adquiridos a lo largo de la travesía, esos que nos protegen contra toda bruja mala, de todo lobo feroz. A ese lugar sólo saben llegar los buceadores de almas, expertos en ver bajo la arena que cubre las anclas allí donde se agarran a las piedras. Son humanos que se han alimentado de secretos jamás contados y cuyas heridas ya curtidas no escuecen con la sal.
En el fondo del mar no existen los caprichos, esos que van y vienen con las olas, esos que destruyen barcos en las tormentas, esos a los que un día, una marejada, arroja contra las rocas puntiagudas. Esos que tan solo dejan su huella en el casco de los barcos, bajo el agua, pero muy cerca de la superficie.
Al fondo del mar tan solo llegan los espíritus libres y tenaces, los que un día se visten de riesgo y dejan de aceptar que el norte está allí donde marca la brújula y siguen hacia abajo sin miedo a la falta de luz de lo desconocido.
Por eso, cuando al fin te construyes tu palacio en el fondo del mar, cuando los deseos cumplidos alumbran las profundidades, cuando los tesoros protectores se multiplican alejando el miedo a perder, a perderte, tu único anhelo es compartir con los tuyos, con esos elegidos a los que les regalas las bombonas de oxígeno que quizás te faltaron o que, en el mejor de los casos, otros te entregaron un día y tú supiste administrar para que te llevaran tan abajo, al centro de tu tierra prometida, al núcleo de tu mar, de tu vida, de la vida.
Tú nunca vas a olvidar a los que te otorgaron su CONFIANZA, a los que te entregaron a ti esas bombonas de oxígeno que te permitieron llegar.
Pero tú, que lo has logrado, sabes bien que tú no perdiste tan preciosa carga deteniéndote a mirar las grietas de los barcos que quedaban en la superficie. Tú ya intuías que todos acabamos teniendo grietas, que eso es vivir, y que sólo perdonándote tus errores puedes ser realmente capaz de perdonar los de los demás.
Porque tú, que lo has logrado, tampoco bajaste tan deprisa, hubo mucho esfuerzo, algo de dolor y grandes dosis de apoyo de los tuyos, tus farolas, que seguían ahí porque nunca les robaste lo esencial para respirar, porque nunca traicionaste su luz.
Porqué tú, que tienes ahora ese precioso palacio en el fondo del mar, sabes que el oxígeno de la confianza es muy valioso y delicado, y que sólo durará toda la travesía si lo alimentas de autenticidad, transparencia y constancia.
Al fondo del mar no llegan los falsos, los opacos, los que siempre culpan al entorno de sus males, no pueden, porque incluso en lo más oscuro, el agua es transparente.
En ocasiones, alguno se aproxima porque tú le has dado una carga de oxígeno extra, una carga especial. Porque a veces tú también te equivocas y entregas el valioso gas a un cualquiera y conviertes a un mediocre oportunista y trepa en un elegido que podría correr el riesgo de ahogarse en la traición.
Pero no temas, ¡no! Porque esto es tan solo un cuento de los muchos que escribo y los que me traicionan, los que me apuñalan, los que me defraudan, siempre vuelven sanos a la superficie porque la decepción flota y mi decepción les va a envolver el resto de sus miserables vidas.
Y ¿sabes? envuelto en decepción ya nunca podrás tomar esa copa en el fondo del mar.