10 de octubre de 2016

Abuelo...

Ahora que el silencio ya no grita y dicen que pasó el duelo...

No te oigo pero ya no necesito esconderme de la nostalgia que llena los rincones que un día ocupamos juntos, e incluso encuentro alivio en las canciones que compartimos en algunos de nuestros mejores instantes. Eso sí, sigo herido porque olvidé que no debía recordarte en cada vivencia. Y hoy sé que tu ausencia me dolerá siempre.

No te oigo pero creo que he vuelto a poner en marcha el sentido común, o al menos disimulo la locura cuando me mira la gente. Tampoco puedo negarme que mi corazón sigue latiendo al ritmo de tu recuerdo, que para volar evoco tus palabras porque yo no sé bailar con mi silencio y me cuesta mucho pintar colores sin tu luz. Pero lo intento.

No te oigo y seguramente por eso no espero nada, aunque tampoco he renunciado a soñar y a ilusionarme. Porque sigo vivo, porque ya no me vuelvo tan diminuto cuando al volver a casa pienso que no estarás, que sigo teniendo un hogar pero no tus abrazos. Y menos mal que de nuevo recuerdo el camino de vuelta, que ya no busco atajos ni esquivo el regreso.

No te oigo y las palabras se han vuelto complejas, ya no siempre dicen lo que aparentan decir como antes, cuando tú las convertías en detalles transparentes que llegaban a mis oídos, y podía creer porque te creía a ti. Pero sigues siendo la paz en mi memoria y si te busco bien entre mis recovecos, aún consigo que seas mi escudo y mi mejor consejero.

No te oigo pero ya no me pesa el pasado porque ahora sé muy bien que tu luz vino para quedarse más allá de tu presencia, que cuando abro las ventanas y las puertas, el futuro no me da ningún miedo, aunque siguen faltándome tu voz, tus manos, tu mirada, tus besos, tus consejos.

No te oigo y me pesa porque recuerdo bien que tú hablabas un idioma sin reproches, que tus frases no necesitaban un orden ni una rima para ser mi poesía. Y hoy sigues siendo en mi mente calor, pasión, alegría, hasta locura, pero jamás ausencia.

No te oigo ni siquiera cuando sopla fuerte el viento. Pero no consigo alejarme, creo que tampoco quiero, aunque a veces camino más deprisa como si supiera a dónde voy, como si el camino no pudiera distraerme o bifurcarse más.

No te oigo ni siquiera cuando nacen las primeras flores valientes retando al frío del último invierno, esas que aparecen donde dejaron calor tus pasos sobre el hielo.

No te oigo porque ahora yo soy silencio que me quema por dentro mientras sigue haciendo frío fuera y he corrido el peligro de arder y convertirme en ceniza. Pero aún puedo elegir…

Y creo que aprobarías mi decisión: prefiero evaporarme y ser agua que se eleva.

No hay comentarios: